11 de agosto de 2013

Elvira Lindo: lugares que no quiero compartir con nadie

   Refrescante. Elvira Lindo escribe sus impresiones, que están hechas a la medida de mi espíritu, ligero, zascandil y poco pomposo, sobre su larga estancia en Nueva York. Esta metrópoli es capaz de seducirte en un par de minutos, los que tardes en mirar a tu alrededor, una vez que has puesto tus pies en la ciudad. Es perfecta para aquellos que sienten la necesidad de estar a la vanguardia, de llegar donde otros no han llegado, de descubrir los bares a los que hay que ir. Aquí nunca te aburrirás. Nueva York es una mina para los enterados, para los enteradillos. 
   Su estilo desenfadado nos da una imagen muy acertada y no impide reflexiones muy lúcidas. Al oír las opiniones de los recién llegados piensa si la imagen de las ciudades o de los pueblos no depende de cuatro tópicos construidos y asumidos colectivamente por visitantes que llegan, pasan una semana, y quieren marcharse a casa con un equipaje de opiniones rotundas. Ahí queda eso.
   Engrandece pero no idealiza: si ya no estás en esa edad estudiantil en la que te importa poco compartir casa o vivir de cualquier manera, es dura. Y nos lleva a lugares que ya hemos visto en el cine y tenemos presentes en nuestra memoria, esos garitos donde la música se siente hasta el tuétano: Era un sótano oscuro, de techos bajos, como una cueva, con las paredes y el suelo pintados de un negro que camuflaba el cableado, la suciedad y los ratoncillos que a buen seguro corrían entre los pies de los clientes. Una sorpresa muy agradable.





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