11 de mayo de 2013

Manuel Leguineche: Madre Volga

   Literario. Leguineche se embarca y viaja a través del Volga de aguas sabias y nauseabundas e intenta penetrar en el alma del país, aunque no hay expertos en Rusia, sino diversos grados de ignorancia. Es un buen punto de partida para no simplificar en cuatro capítulos lo que unos ojos siempre despistados creen ver en un viaje. Penetra en las páginas de los grandes escritores rusos, siempre pendientes de su nación y plasmando una realidad dura y obstinada.
   Gogol es el poeta de las almas muertas, de terratenientes, burócratas y funcionarios. Pushkin, Dostoievski, Tolstói, Chéjov, Gógol, Gorki, Pasternak. Todos pasean por este libro y nos muestran su visión desesperanzada. Y es que todos los tiranos de Rusia han muerto en la cama, y al más liberal, Alejandro II, lo mató un anarquista. Y parece que todo puede ir a peor. O a mucho peor.
   No sé si los rusos beben para olvidarse de sí mismos pero sí parece que el vodka, la bebida nacional, es una especie de bandera, un salvavidas para las horas de tristeza. Omnipresente y digerida como si se tratara de una bebida inocua, siempre es protagonista.
   Y los momentos actuales no mejoran en absoluto una larga crónica atormentada. Esta novela de hoy supera con mucho la imaginación de los más tremendistas escritores rusos. La situación camina desbocada entre la estepa del pesimismo. Las desigualdades de unos pocos que se han apropiado del estado y una mayoría paupérrima crearía turbulencias en cualquier rincón del planeta, pero aquí parecen resignados por el peso de la historia. Las mayores fortunas del mundo y una población cada día más empobrecida mantienen un pulso entre la ansiedad de los ricos por ser más ricos y de los pobres por sobrevivir . Como siempre o casi siempre.








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