Con motivo del centenario de la muerte de Darío de Regoyos, el Museo de Bellas Artes de Bilbao ha reunido una exposición magnífica, por citar solo un adjetivo y no aburrir a la concurrencia. Únicamente nos acordamos de nuestros héroes cuando se mueren o hace mucho que se mueren. La muerte es en España punto de mira del camino del pensamiento. En esta muestra podemos ver la calidad extraordinaria de un impresionista no muy apreciado en un país que adora a los impresionistas. Pero de otros países. Hay cuadros que cautivan y te fuerzan a volver sobre tus pasos una y otra vez, para admirarlos de nuevo. Y una ocasión más, por favor.
Se ha reeditado también un librito de pequeño tamaño pero con un gran interés. Regoyos traduce y añade sus propios comentarios e ilustraciones a los artículos que publicó su amigo Émile Verhaeren sobre un viaje que hicieron juntos por España en 1888. Una visión tremendista donde se juntan las procesiones, los cementerios, la pobreza, los cánticos y el ánima de una España llamada negra solo porque no existe otro color más oscuro y triste. Atiende al paisaje: Los puertos de estas costas son gloriosos de suciedad y abandono. A las personas: Soberbio tipo de fealdad ruda y fuerte, con una costra más bien que una piel en su cara. O a los ritos religiosos: Era una devoción imponente.
Es necesario llevar vidrios de color rosa en los ojos para ver España con tonos alegres. ¿Cuánto queda hoy de esa España carpetovetónica y cuánto del país que había adelantado financieramente a Italia y le pisaba los talones a Francia? Esta obra forma parte de ese género creado por hispanistas extranjeros a los que nuestra nación siempre ha fascinado y sobre la que han escrito apasionadamente, mientras a nosotros nos vuelve locos.
Le chocaban esas cosas y era normal que le chocasen. ¡Toma, y a nosotros! Bueno, a algunos.




No hay comentarios:
Publicar un comentario