1 de diciembre de 2013

Manuel Vicent: El azar de la mujer rubia

    Pluma dotada de fina retranca literaria, Manuel Vicent apunta que he creado un juego literario entre la realidad y la ficción cuyas reglas, no me cabe duda, serán comprendidas y aceptadas por cualquier lector agudo. No se puede contar más en menos espacio, ni de forma tan brillante, ni con un resultado tan penetrante y concluyente. Recrea la transición española con la retórica en mano cual estilete afilado en busca de incautos que burlar. Se centra en la figura de Carmen Díez de Rivera, la musa de la transición, y su influencia sobre Adolfo Suárez, coprotagonista del libro. Aparecen otros personajes de la época: Cuando la democracia rompió aguas apareció la figura de Felipe González, con la chaqueta de pana al hombro, las patillas largas, fumándose un puro. "Mira Adolfo, éste es tu adversario". Algunos no deben ser ovidados: A Tierno le faltaron reflejos. No estaba dotado para las zancadillas de pasillo, sólo brillaba en la maldad de la frase viperina.
   Pero Carmen se centra en el director de orquesta de esta etapa de nuestra historia reciente. Me juego lo que quieras a que vas a ser el presidente del primer Gobierno de la democracia. Y Vicent gira y gira en torno al tahúr del Misisipi, su ambición política, su administración de España y su evolución humana y política. Y claro, como toda historia de la transición, que seguimos sin saber muy bien si ya se ha acabado o no, sale a relucir el golpe de estado. Imborrable e inolvidable para todos. "Al suelo nunca -pensó Suárez en ese momento- el hombre ha tardado dos millones de años en ponerse de pie para que venga ahora un demente hijo de puta y nos obligue a ir otra vez a cuatro patas. Yo no, por mis cojones". 
   Capaz de resumir una decada en una frase: Los años ochenta fueron realmente nuestro mayo del 68 de espoleta retardada. O también: Se desintegró la Movida y se instauró la ropa de marca. 
   Y todo y mucho más bajo la mirada de Carmen. Nunca se sabía qué tramaba la mujer rubia ni quién movía los hilos. La CIA o la KGB. O simplemente su capricho. 
   Siempre nos quedará la transición.

 
  

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